Galahad,The Wise Dragon-Wizard
Lined Alsab´s GatesKeeper



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sábado, 25 de noviembre de 2006

Un Cuento... "HERMANO MIO, HABLAME"

Yo tenia 15 años cuando escribí este cuento. Estábamos en la semana de mi colegio y mi alianza necesitaba desesperadamente puntos, así que me pidieron que participara en el concurso literario. Acepte y escribí este relato que rondaba en mi mente hacia muchos años, desde que conocí la desgarradora historia de Van Gogh y su hermano Theo.Lo hice en dos noches y lo entregué tal cual sin pulir ni corregir,sólo me preocupe de las faltas de ortografía. Ahora lo publico aquí y le pido a quien lo lea que sea indulgente si lo encuentra azucarado u oldfashion, solo tenia 15 años y leía muchas novelas francesas.Reitero, No he alterado nada del original.Espero que no les cueste descubrir el secreto del cuento después que les conté mi inspiración para escribirlo. En mi colegio la mayoría quedo colgado...¡y es tan simple de adivinar!



Hermano mío, háblame
Paris, 1856

Tenia yo 16 años cuando sucedió lo que voy a narrarles. Aquel verano fui, como siempre, a pasar mis vacaciones en C..., la finca de mi padre. Era una estancia hermosa, de llanuras verdes y prósperas que parecían ofrecerse a la tela del pintor. No recuerdo bosques más bellos, ni ríos más cristalinos, ni atardeceres más hermosos y poéticos que ésos.
Como todos los años, venir a C... era para mí un premio luego de un agotador año de estudios. Pero, para mi hermano Gastón era todo lo contrario, un entierro en vida. El solía esquivar las vacaciones aduciendo que sus estudios le retenían en París. Gastón era dos años mayor que yo y nuestras diferencias de carácter eran visibles a simple vista. El, audaz y algo violento, despreciaba mi carácter retraído y tranquilo. 

Gastón quería ser político...yo quería ser pintor.


***

- ¿Puedo daros un consejo de viejo, jovencito...? Jamás debéis dibujar con el sol reflejándose en vuestro papel, pues perdéis con eso las proporciones y los matices del color. Si seguís mi consejo, vuestros animales cobrarán vida y danzarán en torno vuestro.
Al voltearme, vi que era un anciano el que me hablaba. Tenía los cabellos y la barba gris  y usaba unos pequeños espejuelos redondos. No podría describir la simpatía que sentí inmediatamente por él. Era como si estuviera en presencia de uno de esos ancianos mágicos de mis cuentos de niño... Pero, repentinamente, esa simpatía se tornó desazón al reconocer en él al hombre que en el pueblo llamaban "El Loco". Creo que mis sentimientos se me pintaron en la cara, ya que él sonrió.
- ¿Cree usted?, pregunté estúpidamente.
- Sí -respondió limpiando sus lentes-. Lo creo, Etienne.
- ¿Cómo sabe mi nombre?
- Hay muchas cosas que los locos sabemos, hijo- respondió tranquilamente calándose el sombrero de paja que llevaba en la mano.
- Adiós- me dijo simplemente, y se fue.
¿Me creerían si os dijese que me cautivó desde el primer momento?



***

"El Loco", como lo llamaban, era un hombre de estatura normal, contextura algo gruesa, cabellos, como ya dije, grises y ojos profundamente azules, velados por sus pequeños espejuelos dorados. Ellos lo distinguían de los demás hombres comunes y corrientes que pisan este mundo. Creo que el día que me lo encontré, lo reconocí por ellos. Eran algo especial, a pesar de ser corrientes. Pequeños, redondos, dorados, no muy gruesos y de cristales transparentes y límpidos. Eran comunes, sin embargo, comunicaban a la fisonomía del Loco algo que yo llamaba "genio". Mozart tenía un anillo, mi maestro tenía unos espejuelos.
Os confiaré algo, amigos... ellos eran la divisa de su alma.



***

Después de aquella vez en que le había conocido, le busqué y él se dejó hallar. A partir de entonces y por todo aquel verano, me enseñó a pintar... y a vivir. Junto con instruirme en la técnica, me enseñó una sabiduría especial, una mezclada con bromas y anécdotas... pero más verdadera que todas las demás, pues ya ha sido probada.
El era un hombre inteligente... yo diría brillante. Afable y jovial como ninguno. Siempre alegre, tenía dos obsesiones: la muerte, y una obra por terminar.
Una tarde, mientras yo dibujaba frente a la lumbre, él se levantó dejando su pipa en la mesa y se acercó a la ventana. Llovía, y el agua se escurría por los cristales.
- Mira -me dijo-. Me está esperando, pero sabe que yo no puedo irme mientras no termine mi tarea... Ahí se quedará pacientemente, esperando por días y días, hasta que yo me vaya con ella.
Lo miré asombrado... y, ¿a qué negarlo?, algo asustado, pero nada empañaba su lúcida mirada. Sólo algo me llamó la atención: los cristales de sus lentes brillaron intensamente, lo cual yo atribuí al fuego...


***

- Hijo, prométemelo, hazlo por tu padre.
- No señor, no lo haré.
- ¡Voy a obligarte, Etienne!
- No puede, padre. Usted no puede gobernar sobre mis afectos.
- ¡Pero... ese hombre está loco!
- ¿Por qué padre?... ¿Porque se preocupa de vivir? ¡¿Porque es feliz?! ¿Por que abandonó todo por vivir pintando? ¿Por eso? Tenía dinero, una posición social, era un doctor eminente, pero abandonó todo ese lujo, ese mundo, que no significaba nada para él, ¡sólo por vivir! ¡Por eso todos lo condenan, se ríen de él, lo ridiculizan! ¡Por eso las señoras piadosas le tienen lástima! ¡Pues, déjeme padre que le diga que no le entiendo! ¡No lo entiendo! ¡Pues son ellos los dignos de piedad! ¡Ellos que morirán persiguiendo el dinero y el elogio de un mundo vacío! ¡Ellos que se morirán sin conocer la verdadera felicidad! ¡Por eso tratan de hacerle desaparecer, de fingir que jamás existió, pues él, como un espejo, les refleja su bajeza! ¡Pues no, padre! ¡No pretenderé que nunca existió! ¡El está vivo y yo lo admiro por sobre todo y todos...! Y si usted es igual que esa gentuza que lo llaman loco y no me deja verlo... ¡quiere decir que mi padre es uno más de ellos y que debo sentir lástima de usted tamb...!
Mi padre me abofeteó.
Era la primera vez que le gritaba en mi vida y no me sentí mejor con ello.



***

Esa tarde fue la última vez que le vi. Cuando me dirigía a su casa, un hermoso sol expandía sus rayos dorados sobre la pradera. Aquel atardecer el camino que debía recorrer me pareció más idílico que en otras ocasiones, pues tenía la seguridad de no volver a verlo en mucho tiempo.
Cuando llegué, me esperaba en la puerta. Al verme, se sonrió y fue a abrazarme.
- Hijo mío -me dijo-, qué bueno verte hoy.

 Luego, separándose, me preguntó: 
-¿Has peleado con tu padre, no?- Me maravilló lo rápido que corren las noticias en el campo.
- ¿Cómo lo sabéis?
- Hay cosas que sólo los locos sabemos. Ya os lo he dicho antes.
- Quiere que no siga con mis clases ni que le vea a usted.
- Y eso será lo que harás, jovencito.
- Pero, yo... yo... yo quiero seguir, maestro.
- Yo ya no puedo enseñaros más... El resto es responsabilidad vuestra.
- Pero, maestro... .
- Es mejor así... vuestro padre sabe lo que hace... Yo le entiendo.
- ¡Pues yo no!
- Ya lo harás. Ahora ven. Conversemos de otra cosa.
Durante todo este diálogo, él permaneció tranquilo y normal. Al parecer, sólo yo estaba agitado.
No estuve mucho a su lado luego de que hablamos, pero en ese  breve tiempo su tranquilidad se esfumó y pude adivinar cuánta tristeza tenía escondida en el alma. Al despedimos, me dijo:
- ¡Vive! ¡Pinta!, ¡Sé feliz...! pues para eso Dios nos dio la vida... Pero aseguraos que, cuando os llame a su presencia, no vayáis con las manos vacías.
Me abracé a él como un niño pequeño. No pude llorar... tanta era mi tristeza. El también me estrechó entre sus brazos, murmurando:
- Adiós hijo mío, adiós.
Lo último que recuerdo de él eran sus lentes empañados por dos gruesas lágrimas.



***

A la semana después, marché a casa de unos tíos en París, para esperar en ella el comienzo de las clases y retomar al internado.
Mi padre tomó esta decisión, pues temía que si me quedaba volviera a ver al loco. Mi padre no se equivocaba. Si hubiese permanecido en el campo, sin duda hubiese reincidido.
Al marcharme, le pedí disculpas, arrepentido de corazón. Me perdonó. Creo que logró entenderme. A partir de ese día, el tema no se volvió a tocar nunca más, ni en cartas, ni cuando viajaba a verme a París.
Cuando mi padre me escribió que el Loco había muerto, yo estaba muy cerca de retornar nuevamente al campo. Creía que mi padre, más comprensivo, me dejaría volver a verle. Mas murió antes que pudiera verlo.
Lloré tanto, que sólo recuerdo haberlo hecho de la misma forma sólo cuando murió mi padre. Lloré toda una noche, y al otro día, distraído y triste, escribí al margen de mi cuaderno de aritmética:
"Ha terminado su tarea, se ha marchado".



***

Al volver a casa aquel verano, no se habló del tema ni una sola palabra. Yo me conformé con vagar tristemente por los campos con mis recuerdos, mis hojas y mi lápiz.


***

Años después mi padre falleció. Ordenando yo su escritorio hallé, en un cajón con llave, unos espejuelos pequeños, redondos y dorados

*


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