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miércoles, 12 de agosto de 2009

Crimen y Castigo de Fedor Dostoievski- la mejor narración de un asesinato que he leído en mi vida + PDF de la Obra.


Creo que ya se han dado cuenta de que soy propensa a hacer "subsecciones" dentro del blog como LIBROS QUE MARCARON MI ADOLESCENCIA o HADAS Y ELFOS ¿BUENOS O MALOS? .estas son solo uan muestra de las muchas "minisecciones" que se he desarrollado a través de los años, no precisamente en forma cronológica, pero si sucesiva y , en cierto modo, ordenada.Y ayer desperté con la idea de crear otra "minisección" dedicada a ciertos pasajes de libro considerados "Clásicos" los cuales ,de una u otra forma considero formidables, por las razones que les daré en cada entrada que haga de este tipo.

Supongo que todos conocen esta fantástica obra de miseria, crimen, amor y redención. Yo la leí hace muuuuuuchos siglos (soy un elfo de la primera edad ^^).Recuerdo que fue en uno de esos años en que congelé derecho.Mejor dicho, siendo sinceros y apegándonos a la descarnada verdad, uno de aquellos semestres en que salí arrancando estrepitosamente de LA NARNIA DE LA BRUJA BLANCA (como yo la denominaba), porque ya no la aguantaba y era insoportablemente infeliz.Lo malo es que siempre acaba volviendo..@_@.

La versión que leí ávidamente en ese entonces, perteneció en su temprana juventud a mi padre. Es una edición muy antigua de 1965, impresa en Buenos Aires por la Editorial Tor,.Se nota que papá , como cualquier estudiante, disponía de poco dinero ,ya que sus tapas son de papel, con una ilustración dibujada , que muestra un hombre angustiado perseguido por un fantasma bastante medieval. Las hojas son de roneo, imagino cafés en su épocas y ya amarillas en la mía, mal impresas, algunas letras muy borrosas, repartidas en dos columnas por página. En la primera hoja papá anotaba su siempre su nombre ,la fecha en que había sido comprada , en este caso 19 de agosto de 1969, su firma y con lápiz rojo un concluyente "LEIDO".Abajo figura el timbre borroso de la librería "Lido :libros, revistas, figurines, novelas". Imagínense de que tiempos hablo ,¡Aun existían figurines!...¡¡¡casi un papiro!!!!, pero como todas las cosas de Dady, en perfecto estado de conservación. Soy yo, su bella y destructora hija, la que ha hecho pasar susto a sus antiquísima biblioteca, ya que era, pues lo he corregido según pasan los siglos,bastante desordenada para leer , entendiéndase por esta expresión "poco cuidadosa" ,por no decir "termita asesina".

¿Creen que, por un segundo, a mi me importo alguna de las desfavorables "cualidades" del volumen? . NOP, adoraba las paginas color miel y ese olor a biblioteca bruja que despedían sus hojas.Realmente disfruté su lectura (creo que las deficiencias del tomo lo hacía más atrayente) y los demás que devoré, en versiones parecidas de la misma colección llamada "Obras Famosas", de este mismo autor como los "Hermanos Karamazov" o "Resurrección".Lastima que papa regalara y/o vendiera los restantes libros de esta serie, ya que tenia interesantes títulos que casi con imposibles de encontrar como los de aventuras de Emilio Salgari.

El fragmento que les dejo ha sido catalogado por mi como la mejor descripción de un asesinato cometido en un libro, por la descripción vivida y asfixiante de la narración .

De verdad, se los juro, aun recuerdo cuando lo leí, como si fuera ayer. Iba en el bus hacia una de mis clases de ingles (siempre estudiaba algo cuando abandonaba derecho...no puedo NO-ESTUDIAR...soy nerd y????) para luego acudir a una cita en la Universidad para hablar con el Decano de la Escuela de Derecho, con el fin de reingresar el semestre siguiente.Mi separador de paginas eran unos stickers verdes , diminutos de Winnie de Pooh ,dispuestos sobre una larga cartulina.Me gustaban tanto que no los había sacado de su empaque y los usaba de marcador.

Recuerdo que el bus hizo una parada larga, en un pueblo, para esperar pasajeros y yo iba leyendo, abstraída, este fragmento. Aun siento como se me aceleró el ritmo del corazón y me puse muy pálida, porque un maestro como Dostoievsky te hace "vivir", ser participe , cómplice de aquel monstruoso momento con su magnifica prosa. Todo trascurría ante mis ojos, veía como Raskolnikof asesinaba, muy a su pesar pero despiadadamente a Alena Ivanovna y a su hermana. Me parecía oler la sangre y observar las facciones torturadas del pobre joven, obligado al asesinato por la pobreza y las múltiples obligaciones que debía cumplir...realmente experimenté en carne propia ese momento y fue tan intenso que cuando acabé el trozo, mire a todos lados atolondrada, porque me parecía despertar de una pesadilla.

El bus arrancó y yo retorné rápidamente a mi lectura, expectante, maravillada, fascinada...no podía parar de pasear mis ojos ávidos por los borrosos senderos de la historia.Lo termine en dos días,y eso porque no disponía e todo el día para leer (como siempre ha sido mi sueño).Cuando permanezco en casa debo ayudar con los quehaceres como entrar leña, barrer, hacer las camas o lavar la loza, etc., lo cual odio (aún lo hago) y me quita tiempo para mis pasatiempos favoritos.Pero...todo tiene su precio no?...y en ese momento habría hecho cualquier cosa para huir de Derecho
.


Fedor Dostoiesvski
"Crimen y Castigo"
Fragmento



Como en su visita anterior, Raskolnikof vio que la puerta se entreabría y que en la estrecha abertura aparecían dos ojos penetrantes
que le miraban con desconfianza desde la sombra.
En este momento, el joven perdió la sangre fría y cometió una imprudencia que estuvo a punto de echarlo todo a perder.
Temiendo que la vieja, atemorizada ante la idea de verse a solas con un hombre cuyo aspecto no tenía nada de tranquilizador,
intentara cerrar la puerta, Raskolnikof lo impidió mediante un fuerte tirón. La usurera quedó paralizada, pero no soltó el pestillo
aunque poco faltó para que cayera de bruces. Después, viendo que la vieja permanecía obstinadamente en el umbral, para no dejarle el
paso libre, él se fue derecho a ella. Alena Ivanovna, aterrada, dio un salto atrás e intentó decir algo. Pero no pudo pronunciar una sola
palabra y se quedó mirando al joven con los ojos muy abiertos.
-Buenas tardes, Alena Ivanovna -empezó a decir en el tono más indiferente que le fue posible adoptar. Pero sus esfuerzos fueron
inútiles: hablaba con voz entrecortada, le temblaban las manos-. Le traigo..., le traigo... una cosa para empeñar... Pero entremos:
quiero que la vea a la luz.
Y entró en el piso sin esperar a que la vieja lo invitara. Ella corrió tras él, dando suelta a su lengua.
-¡Oiga! ¿Quién es usted? ¿Qué desea?
-Ya me conoce usted, Alena Ivanovna. Soy Raskolnikof... Tenga; aquí tiene aquello de que le hablé el otro día.
Le ofrecía el paquetito. Ella lo miró, como dispuesta a cogerlo, pero inmediatamente cambió de opinión. Levantó los ojos y los fijó
en el intruso. Lo observó con mirada penetrante, con un gesto de desconfianza e indignación. Pasó un minuto. Raskolnikof incluso
creyó descubrir un chispazo de burla en aquellos ojillos, como si la vieja lo hubiese adivinado todo.
Notó que perdía la calma, que tenía miedo, tanto, que habría huido si aquel mudo examen se hubiese prolongado medio minuto
más.
-¿Por qué me mira así, como si no me conociera? -exclamó Raskolnikof de pronto, indignado también-. Si le conviene este objeto,
lo toma; si no, me dirigiré a otra parte. No tengo por qué perder el tiempo.
Dijo esto sin poder contenerse, a pesar suyo, pero su actitud resuelta pareció ahuyentar los recelos de Alena Ivanovna.
-¡Es que lo has presentado de un modo!
Y, mirando el paquetito, preguntó:
-¿Qué me traes?
-Una pitillera de plata. Ya le hablé de ella la última vez que estuve aquí.
Alena Ivanovna tendió la mano.
-Pero, ¿qué te ocurre? Estás pálido, las manos le tiemblan. ¿Estás enfermo?
-Tengo fiebre -repuso Raskolnikof con voz anhelante. Y añadió, con un visible esfuerzo -: ¿Cómo no ha de estar uno pálido cuando
no come?
Las fuerzas volvían a abandonarle, pero su contestación pareció sincera. La usurera le quitó el paquetito de las manos.
-Pero ¿qué es esto? -volvió a preguntar, sopesándolo y dirigiendo nuevamente a Raskolnikof una larga y penetrante mirada.
-Una pitillera... de plata... Véala.
-Pues no parece que esto sea de plata... ¡Sí que la has atado bien!
Se acercó a la lámpara (todas las ventanas estaban cerradas, a pesar del calor asfixiante) y empezó a luchar por deshacer los nudos,
dando la espalda a Raskolnikof y olvidándose de él momentáneamente.
Raskolnikof se desabrochó el gabán y sacó el hacha del nudo corredizo, pero la mantuvo debajo del abrigo, empuñándola con la
mano derecha. En las dos manos sentía una tremenda debilidad y un embotamiento creciente. Temiendo estaba que el hacha se le
cayese. De pronto, la cabeza empezó a darle vueltas.
-Pero ¿cómo demonio has atado esto? ¡Vaya un enredo! -exclamó la vieja, volviendo un poco la cabeza hacia Raskolnikof.
No había que perder ni un segundo. Sacó el hacha de debajo del abrigo, la levantó con las dos manos y, sin violencia, con un
movimiento casi maquinal, la dejó caer sobre la cabeza de la vieja.
Raskolnikof creyó que las fuerzas le habían abandonado para siempre, pero notó que las recuperaba después de haber dado el
hachazo.
La vieja, como de costumbre, no llevaba nada en la cabeza. Sus cabellos, grises, ralos, empapados en aceite, se agrupaban en una
pequeña trenza que hacía pensar en la cola de una rata, y que un trozo de peine de asta mantenía fija en la nuca. Como era de escasa
estatura, el hacha la alcanzó en la parte anterior de la cabeza. La víctima lanzó un débil grito y perdió el equilibrio. Lo único que tuvo
tiempo de hacer fue sujetarse la cabeza con las manos. En una de ellas tenía aún el paquetito. Raskolnikof le dio con todas sus fuerza
dos nuevos hachazos en el mismo sitio, y la sangre manó a borbotones, como de un recipiente que se hubiera volcado. El cuerpo de la
víctima se desplomó definitivamente. Raskolnikof retrocedió para dejarlo caer. Luego se inclinó sobre la cara de la vieja. Ya no vivía.
Sus ojos estaban tan abiertos, que parecían a punto de salírsele de las órbitas. Su frente y todo su rostro estaban rígidos y desfigurados
por las convulsiones de la agonía.
Raskolnikof dejó el hacha en el suelo, junto al cadáver, y empezó a registrar, procurando no mancharse de sangre, el bolsillo
derecho, aquel bolsillo de donde él había visto, en su última visita, que la vieja sacaba las llaves. Conservaba plenamente la lucidez;
no estaba at urdido; no sentía vértigos. Más adelante recordó que en aquellos momentos había procedido con gran atención y
prudencia, que incluso había sido capaz de poner sus cinco sentidos en evitar mancharse de sangre... Pronto encontró las llaves,
agrupadas en aquel llavero de acero que él ya había visto.
Corrió con las llaves al dormitorio. Era una pieza de medianas dimensiones. A un lado había una gran vitrina llena de figuras de
santos; al otro, un gran lecho, perfectamente limpio y protegido por una cubierta acolchada confeccionada con trozos de seda de
tamaño y color diferentes. Adosada a otra pared había una cómoda. Al acercarse a ella le ocurrió algo extraño: apenas empezó a
probar las llaves para intentar abrir los cajones experimentó una sacudida. La tentación de dejarlo todo y marcharse le asaltó de súbito.
Pero estas vacilaciones sólo duraron unos instantes. Era demasiado tarde para retroceder. Y cuando sonreía, extrañado de haber tenido
semejante ocurrencia, otro pensamiento, una idea realmente inquietante, se apoderó de su imaginación. Se dijo que acaso la vieja no
hubiese muerto, que tal vez volviese en sí... Dejó las llaves y la cómoda y corrió hacia el cuerpo yaciente. Cogió el hacha, la levantó...,
pero no llegó a dejarla caer: era indudable que la vie ja estaba muerta.
Se inclinó sobre el cadáver para examinarlo de cerca y observó que tenía el cráneo abierto. Iba a tocarlo con el dedo, pero cambió
de opinión: esta prueba era innecesaria.
Sobre el entarimado se había formado un charco de sangre. En esto, Raskolnikof vio un cordón en el cuello de la vieja y empezó a
tirar de él; pero era demasiado resistente y no se rompía. Además, estaba resbaladizo, impregnado de sangre... Intentó sacarlo por la
cabeza de la víctima; tampoco lo consiguió: se enganchaba e n alguna parte. Perdiendo la paciencia, pensó utilizar el hacha: partiría el
cordón descargando un hachazo sobre el cadáver. Pero no se decidió a cometer esta atrocidad. Al fin, tras dos minutos de tanteos,
logró cortarlo, manchándose las manos de sangre pero sin tocar el cuerpo de la muerta. Un instante después, el cordón estaba en sus
manos.
Como había supuesto, era una bolsita lo que pendía del cuello de la vieja. También colgaban del cordón una medallita esmaltada y
dos cruces, una de madera de ciprés y otra de cobre. La bolsita era de piel de camello; rezumaba grasa y estaba repleta de dinero.
Raskolnikof se la guardó en el bolsillo sin abrirla. Arrojó las cruces sobre el cuerpo de la vieja y, esta vez cogiendo el hacha, volvió
precipitadamente al dormitorio.
Una impaciencia febril le impulsaba. Cogió las llaves y reanudó la tarea. Pero sus tentativas de abrir los cajones fueron
infructuosas, no tanto a causa del temblor de sus manos como de los continuos errores que cometía. Veía, por ejemplo, que una llave
no se adaptaba a una cerradura, y se obstinaba en introducirla. De pronto se dijo que aquella gran llave dentada que estaba con las
otras pequeñas en el llavero no debía de ser de la cómoda (se acordaba de que ya lo había pensado en su visita anterior), sino de algún
cofrecillo, donde tal vez guardaba la vieja todos sus tesoros.
Se separó, pues, de la cómoda y se echó en el suelo para mirar debajo de la cama, pues sabía que era allí donde las viejas solían
guardar sus riquezas. En efecto, vio un arca bastante grande -de más de un metro de longitud-, tapizada de tafilete rojo. La llave
dentada se ajustaba perfectamente a la cerradura.
Abierta el arca, apareció un paño blanco que cubría todo el contenido. Debajo del paño había una pelliza de piel de liebre con forro
rojo. Bajo la piel, un vestido de seda, y debajo de éste, un chal. Más abajo sólo había, al parecer, trozos de tela.
Se limpió la sangre de las manos en el forro rojo.
«Como la sangre es roja, se verá menos sobre el rojo.»
De pronto cambió de expresión y se dijo, aterrado:
«¡Qué insensatez, Señor! ¿Acabaré volviéndome loco?»
Pero cuando empezó a revolver los trozos de tela, de debajo de la piel salió un reloj de oro. Entonces no dejó nada por mirar. Entre
los retazos del fondo aparecieron joyas, objetos empeñados, sin duda, que no habían sido retirados todavía: pulseras, cadenas,
pendientes, alfileres de corbata... Algunas de estas joyas estaban en sus estuches; otras, cuidadosamente envueltas en papel de
periódico en doble, y el envoltorio bien atado. No vaciló ni un segundo: introdujo la mano y empezó a llenar los bolsillos de su
pantalón y de su gabán sin abrir los paquetes ni los estuches.
Pero de pronto hubo de suspender el trabajo. Le parecía haber oído un rumor de pasos en la habitación inmediata. Se quedó
inmóvil, helado de espanto... No, todo estaba en calma; sin duda, su oído le había engañado. Pero de súbito percibió un débil grito, o,
mejor, un gemido sordo, entrecortado, que se apagó en seguida. De nuevo y durante un minuto reinó un silencio de muerte.
Raskolnikof, en cuclillas ante el arca, esperó, respirando apenas. De pronto se levantó empuñó el hacha y corrió a la habitación vecina.
En esta habitación estaba Isabel. Tenía en las manos un gran envoltorio y contemplaba atónita el cadáver de su hermana. Estaba
pálida como una muerta y parecía no tener fuerzas para gritar. Al ver aparecer a Raskolnikof, empezó a temblar como una hoja y su
rostro se contrajo convulsivamente. Probó a levantar los brazos y no pudo; abrió la boca, pero de ella no salió sonido alguno.
Lentamente fue retrocediendo hacia un rincón, sin dejar de mirar a Raskolnikof en silencio, aquel silencio que no tenía fuerzas para
romper. Él se arrojó sobre ella con el hacha en la mano. Los labios de la infeliz se torcieron con una de esas muecas que solemos
observar en los niños pequeños cuando ven algo que les asusta y empiezan a gritar sin apartar la vista de lo que causa su terror.
Era tan cándida la pobre Isabel y estaba tan aturdida por el pánico, que ni siquiera hizo el movimiento instintivo de levantar las
manos para proteger su cabeza: se limitó a dirigir el brazo izquierdo hacia el asesino, como si quisiera apartarlo. El hacha cayó de
pleno sobre el cráneo, hendió la parte superior del hueso frontal y casi llegó al
occipucio.Isabel se desplomó. Raskolnikof perdió por completo la cabeza, se apoderó del envoltorio, después lo dejó caer y corrió al vestíbulo.
Su terror iba en aumento, sobre todo después de aquel segundo crimen que no había proyectado, y sólo pensaba en huir. Si en aquel
momento hubiese sido capaz de ver las cosas más claramente, de advertir las dificultades, el horror y lo absurdo de su situación; si
hubiese sido capaz de prever los obstáculos que tenía que salvar y los crímenes que aún habría podido cometer para salir de aquella
casa y volver a la suya, acaso habría renunciado a la lucha y se habría entregado, pero no por cobardía, sino por el horror que le
inspiraban sus crímenes. Esta sensación de horror aumentaba por momentos. Por nada del mundo habría vuelto al lado del arca, y ni
siquiera a las dos habitaciones interiores.
Sin embargo, poco a poco iban acudiendo a su mente otros pensamientos. Incluso llegó a caer en una especie de delirio. A veces se
olvidaba de las cosas esenciales y fijaba su atención en los detalles más superfluos. Sin embargo, como dirigiera una mirada a la
cocina y viese que debajo de un banco había un cubo con agua, se le ocurrió lavarse las manos y limpiar el hacha. Sus manos estaban
manchadas de sangre, pegajosas. Introdujo el hacha en el cubo; después cogió un trozo de jabón que había en un plato agrietado sobre
el alféizar de la ventana y se lavó.
Seguidamente sacó el hacha del cubo, limpió el hierro y estuvo lo menos tres minutos frotando el mango, que había recibido
salpicaduras de sangre. Lo secó todo con un trapo puesto a secar en una cuerda tendida a través de la cocina, y luego examinó
detenidamente el hacha junto a la ventana. Las huellas acusadoras habían desaparecido, pero el mango estaba todavía húmedo.
Después de colgar el hacha del nudo corredizo, debajo de su gabán, inspeccionó sus pantalones, su americana, sus botas, tan
minuciosamente como le permitió la escasa luz que había en la cocina.
A simple vista, su indumentaria no presentaba ningún indicio sospechoso. Sólo las botas estaban manchadas de sangre. Mojó un
trapo y las lavó. Pero sabía que no veía bien y que tal vez no percibía manchas perfectamente visibles.
Luego quedó indeciso en medio de la cocina, presa de un pensamiento angustioso: se decía que tal vez se había vuelto loco, que no
se hablaba en disposición de razonar ni de defenderse, que sólo podía ocuparse en cosas que le conducían a la perdición.
«¡Señor! ¡Dios mío! Es preciso huir, huir...» Y corrió al vestíbulo. Entonces sintió el terror más profun do que había sentido en toda
su vida. Permaneció un momento inmóvil, como si no pudiera dar crédito a sus ojos: la puerta del piso, la que daba a la escalera,
aquella a la que había llamado hacía unos momentos, la puerta por la cual había entrado, estaba entreabierta, y así había estado durante
toda su estancia en el piso... Sí, había estado abierta. La vieja se había olvidado de cerrarla, o tal vez no fue olvido, sino precaución...
Lo chocante era que él había visto a Lisbeth dentro del piso... ¿Cómo no se le ocurrió pensar que si había entrado sin llamar, la puerta
tenía que estar abierta? ¡No iba a haber entrado filtrándose por la pared!
Se arrojó sobre la puerta y echó el cerrojo.
«Acabo de hacer otra tontería. Hay que huir, hay que huir...»
Descorrió el cerrojo, abrió la puerta y aguzó el oído. Así estuvo un buen rato. Se oían gritos lejanos. Sin duda llegaban del portal.
Dos fuertes voces cambiaban injurias.
«¿Qué hará ahí esa gente?»
Esperó. Al fin las voces dejaron de oírse, cesaron de pronto. Los que disputaban debían de haberse marchado.
Ya se disponía a salir, cuando la puerta del piso inferior se abrió estrepitosamente, y alguien empezó a bajar la escalera
canturreando.
«Pero ¿por qué harán tanto ruido?», pensó.
Cerró de nuevo la puerta, y de nuevo esperó. Al fin todo quedó sumido en un profundo silencio. No se oía ni el rumor más leve.
Pero ya iba a bajar, cuando percibió ruido de pasos. El ruido venía de lejos, del principio de la escalera seguramente. Andando el
tiempo, Raskolnikof recordó perfectamente que, apenas oyó estos pasos, tuvo el presentimiento de que terminarían en el cuarto piso,
de que aquel hombre se dirigía a casa de la vieja. ¿De dónde nació este presentimiento? ¿Acaso el ruido de aquellos pasos tenía alguna
particularidad significativa? Eran lentos, pesados, regulares...
Los pasos llegaron al primer piso. Siguieron subiendo. Eran cada vez más perceptibles. Llegó un momento en que incluso se oyó un
jadeo asmático... Ya estaba en el tercer piso... «¡Viene aquí, viene aquí...!» Raskolnikof quedó petrificado.. Le parecía estar viviendo
una de esas pesadillas en que nos vemos perseguidos por enemigos implacables que están a punto de alcanzarnos y asesinarnos,
mientras nosotros nos sentimos como clavados en el suelo, sin poder hacer movim iento alguno para defendernos.
Las pisadas se oían ya en el tramo que terminaba en el cuarto piso. De pronto, Raskolnikof salió de aquel pasmo que le tenía
inmóvil, volvió al interior del departamento con paso rápido y seguro, cerró la puerta y echó el cerrojo, todo procurando no hacer
ruido.
El instinto lo guiaba. Una vez bien cerrada la puerta, se quedó junto a ella, encogido, conteniendo la respiración.
El desconocido estaba ya en el rellano. Se encontraba frente a Raskolnikof, en el mismo sitio desde do nde el joven había tratado de
percibir los ruidos del interior hacía un rato, cuando sólo la puerta lo separaba de la vieja.
El visitante respiró varias veces profundamente.
«Debe de ser un hombre alto y grueso», pensó Raskolnikof llevando la mano al mango del hacha. Verdaderamente, todo aquello
parecía un mal sueño. El desconocido tiró violentamente del cordón de la campanilla.
Cuando vibró el sonido metálico, al visitante le pareció oír que algo se movía dentro del piso, y durante unos segundos escuchó
atentamente. Volvió a llamar, volvió a escuchar y, de pronto, sin poder contener su impaciencia, empezó a sacudir la puerta, asiendo
firmemente el tirador.
Raskolnikof miraba aterrado el cerrojo, que se agitaba dentro de la hembrilla, dando la impresión de que iba a saltar de un momento
a otro. Un siniestro horror se apoderó de él.
Tan violentas eran las sacudidas, que se comprendían los temores de Raskolnikof. Momentáneamente concibió la idea de sujetar el
cerrojo, y con él la puerta, pero desistió al compre nder que el otro podía advertirlo. Perdió por completo la serenidad; la cabeza volvía
a darle vueltas. «Voy a caer», se dijo. Pero en aquel momento oyó que el desconocido empezaba a hablar, y esto le devolvió la calma.
-¿Estarán durmiendo o las habrán estrangulado? -murmuró -. ¡El diablo las lleve! A las dos: a Alena Ivanovna, la vieja arpía, y a
Isabel Ivanovna, la belleza indiscriptibe.. ¡Abrid de una vez, mujerucas...! Están durmiendo, no me cabe duda.
Estaba desesperado. Tiró del cordón lo menos diez veces más y tan fuerte como pudo. Se veía claramente que era un hombre
enérgico y que conocía la casa.
En este momento se oyeron, ya muy cerca, unos pasos suaves y rápidos. Evidentemente, otra persona se dirigía al piso cuarto.
Raskolnikof no oyó al nuevo visitant e hasta que estaban llegando al descansillo.
-No es posible que no haya nadie -dijo el recién llegado con voz sonora y alegre, dirigiéndose al primer visitante, que seguía
haciendo sonar la campanilla-. Buenas tardes, Koch.
«Un hombre joven, a juzgar por su voz», se dijo Raskolnikof inmediatamente.
-No sé qué demonios ocurre -repuso Koch-. Hace un momento casi echo abajo la puerta... ¿Y usted de qué me conoce?
-¡Qué mala memoria! Anteayer le gané tres partidas do billar, una tras otra, en el Gambrinus.
-¡Ah, sí!
-¿Y dice usted que no están? ¡Qué raro! Hasta me pared imposible. ¿Adónde puede haber ido esa vieja? Tengo que hablar con ella.
-Yo también tengo que hablarle, amigo mío.
-¡Qué le vamos a hacer! -exclamó el joven -. Nos tendremos que ir por donde hemo s venido. ¡Y yo que creía que saldría de aquí con dinero
-¡Claro que nos tendremos que marchar! Pero ¿por qué me citó? Ella misma me dijo que viniera a esta hora. ¡Con la caminata que
me he dado para venir de mi casa aquí! ¿Dónde diablo estará? No lo comprendo. Esta bruja decrépita no se mueve nunca de casa,
porque apenas puede andar. ¡Y, de pronto, se le ocurre marcharse a dar un paseo!
-¿Y si preguntáramos al portero?
-¿Para qué?
-Para saber si está en casa o cuándo volverá.
-¡Preguntar, preguntar...! ¡Pero si no sale nunca!
Volvió a sacudir la puerta.
-¡Es inútil! ¡No hay más solución que marcharse!
-¡Oiga! -exclamó de pronto el joven-. ¡Fíjese bien! La puerta cede un poco cuando se tira.
-Bueno, ¿y qué?
-Esto demuestra que no está cerrada con llave, sino con cerrojo. ¿Lo oye resonar cuando se mueve la puerta?
-¿Y qué?
-Pero ¿no comprende? Esto prueba que una de ellas está en la casa. Si hubieran salido las dos, habrían cerrado con llave por fuera;
de ningún modo habrían podido echar el cerrojo por dentro... ¿Lo oye, lo oye? Hay que estar en casa para poder echar el cerrojo, ¿no
comprende? En fin, que están y no quieren abrir.
-¡Sí! ¡Claro! ¡No cabe duda! -exclamó Koch, asombrado-. Pero ¿qué demonio estarán haciendo?
Y empezó a sacudir la puerta furiosamente.
-¡Déjelo! Es inútil -dijo el joven-. Hay algo raro en todo esto. Ha llamado usted muchas veces, ha sacudido violentamente la puerta,
y no abren. Esto puede significar que las dos están desvanecidas o...
-¿O qué?
-Lo mejor es que vayamos a avisar al portero para que vea lo que ocurre.
-Buena idea.
Los dos se dispusieron a bajar.
-No -dijo el joven-; usted quédese aquí. Iré yo a buscar al portero.
-¿Por qué he de quedarme?
-Nunca se sabe lo que puede ocurrir.
-Bien, me quedaré.
-Óigame: estoy estudiando p ara juez de instrucción. Aquí hay algo que no está claro; esto es evidente..., ¡evidente!
Después de decir esto en un tono lleno de vehemencia, el joven empezó a bajar la escalera a grandes zancadas.
Cuando se quedó solo, Koch llamó una vez más, discretamente, y luego, pensativo, empezó a sacudir la puerta para convencerse de
que el cerrojo estaba echado. Seguidamente se inclinó, jadeante, y aplicó el ojo a la cerradura. Pero no pudo ver nada, porque la llave
estaba puesta por dentro.
En pie ante la puerta, Raskolnikof asía fuertemente el mango del hacha. Era presa de una especie de delirio. Estaba dispuesto a
luchar con aquellos hombres si conseguían entrar en el departamento. Al oír sus golpes y sus comentarios, más de una vez había
estado a punto de poner término a la situación hablándoles a través de la puerta. A veces le dominaba la tentación de insultarlos, de
burlarse de ellos, e incluso deseaba que entrasen en el piso. «¡Que acaben de una vez! p, pensaba.
-Pero ¿dónde se habrá metido ese hombre? -murm uró el de fuera.
Habían pasado ya varios minutos y nadie subía. Koch empezaba a perder la calma.
-Pero ¿dónde se habrá metido ese hombre? -gruñó.
Al fin, agotada su paciencia, se fue escaleras abajo con su paso lento, pesado, ruidoso.
«¿Qué hacer, Dios mío
Raskolnikof descorrió el cerrojo y entreabrió la puerta. No se percibía el menor ruido. Sin más vacilaciones, salió, cerró la puerta lo
mejor que pudo y empezó a bajar. Inmediatamente -sólo había bajado tres escalones- oyó gran alboroto más abajo. ¿Qué hacer? No
había ningún sitio donde esconderse... Volvió a subir a toda prisa.
-¡Eh, tú! ¡Espera!
El que profería estos gritos acababa de salir de uno de los pisos inferiores y corría escaleras abajo, no ya al galope, sino en tromba.
-¡Mitri, Mitri, Miiitri! -vociferaba hasta desgañitarse-. ¿Te has vuelto loco? ¡Así vayas a parar al infierno!
Los gritos se apagaron; los últimos habían llegado ya de la entrada. Todo volvió a quedar en silencio. Pero, transcurridos apenas
unos segundos, varios hombres que conversaban a grandes voces empezaron a subir tumultuosamente la escalera. Eran tres o cuatro.
Raskolnikof reconoció la sonora voz del joven de antes.
Comprendiendo que no los podía eludir, se fue resueltamente a su encuentro.
«¡Sea lo que Dios quiera! Si me paran, estoy perdido, y si S me dejan pasar, también, pues luego se acordarán de mí.»
El encuentro parecía inevitable. Ya sólo les separaba un piso. Pero, de pronto..., ¡la salvación! Unos escalones más abajo, a su
derecha, vio un piso abierto y vacío. Era el departamento del segundo, donde trabajaban los pintores. Como si lo hubiesen hecho
adrede, acababan de salir. Seguramente fueron ellos los que bajaron la escalera corriendo y alborotando. Los techos estaban recién
pintados. En medio de una de las habitaciones había todavía una cubeta, un bote de pintura y un pincel. Raskolnikof se introdujo en el
piso furtivamente y se escondió en un rincón. Tuvo el tiempo justo. Los hombres estaban ya en el descansillo. No se detuvieron:
siguieron subiendo hacia el cuarto sin dejar de hablar a voces. Raskolnikof esperó un momento. Después salió de puntillas y se lanzó
velozmente escaleras abajo.
Nadie en la. escalera; nadie en el portal. Salió rápidamente y dobló hacia la izquierda.
Sabía perfectamente que aquellos hombres estarían ya en el departamento de la vieja, que les habría sorprendido encontrar abierta
la puerta que hacía unos momentos estaba cerrada; que estarían examinando los cadáveres; que en seguida habrían deducido que el
criminal se hallaba en el piso cuando ellos llamaron, y que acababa de huir. Y tal vez incluso sospechaban que se había ocultado en el
departamento vacío cuando ellos subían.
Sin embargo, Raskolnikof no se atrevía a apresurar el paso; no se atrevía aunque tendría que recorrer aún un centenar de metros
para llegar a la primera esquina.
«Si entrara en un portal -se decía- y me escondiese en la escalera... No, sería una equivocación... ¿Debo tirar el hacha? ¿Y si tomara
un coche? ¡Tampoco, tampoco...!» ....

Espero que se animen a leer esta magnifica obra, les aseguro que no lamentarán el tiempo empleada en ella, pues la narración es ágil, aunque el ambiente es opresivo, angustioso , aunque sembrado de destellos de luz, pero terrible ya que uno tiende a identificarse con la agonía del protagonista ante la disyuntiva de confesar y redimirse o callar, vivir aterrorizado , paranoico y ser descubierto.

Sus personajes secundarios también son casi palpables y la historias paralelas no palidecen ante la trama central.

Un libro recomendable un 100%.Para mi, es sólo una humilde opinión de alguien que aun le falta muuuuuucho por leer,es una de las mejores obras de la literatura Universal.

Les dejo un enlace a una versión bastante buena , muy parecida a la mía, que encontré en la red en PDF,la cual es de distribución gratuita.Lo dejo para que aquellos que no disponen de dinero para comprar esta obra o de una biblioteca cercana, puedan disfrutarla como yo lo hice y pretendo repetirlo, nuevamente, ya que está en mi lista de los libros que deben ser releídos, junto a "Narciso y Goldmundo" de Herman Hessse y "El Noveinta y tres" de Victor Hugo, y un montón más que me espera ansioso.



Uno consejo,e la letra es bastante pequeña, pero se puede agrandar, de manera que no se dejen engañar por su aspecto cuando lo abra y salgan arrancando como alma que lleva el diablo ^^




3 Sonrizas Cristalinas... y tu ¿entras al Castillo?:

Sonrió Mágicamente Ireth Sindanárië

¡Hola Elizabetha!

Acabo de leer tus comentarios, así que aquí te respondo.
Primero, con lo de la imagen del hada ¿que te refieres a ponerla como tú tienes puesta la imagen esa del dragón? Es que yo de esto de plantillas no entiendo, así que todo lo que me has dicho del main ese me suena un poco a chino jejeje. Creo que demasiado bien se ha quedado mi blog para ser una negada en esto jaja. Pues ya que te ofreces me vendría muy bien tu ayuda, porque creo que así como tú dices tu hada se vería muy linda en el blog. Bueno pues cuando puedas me dices como hacerlo, ¡muchas gracias!
Me alegra que ya puedas poner comentarios con normalidad, ¡pon todos los que quieras que yo los contestaré!
Por cierto, mañana estaré todo el día fuera así que si quieres me lo puedes explicar el viernes, o mañana pero yo lo leeré el viernes.
Yo también espero que podamos llegar a conocernos mejor ;)
¡Nos vemos! Besos.
Pd. Como ya le dije a Damned, ¡me encanta Evanescence! La demás música que pones también me gusta, me descargaré las canciones =)
Pd 2. Seguiré tu consejo y pondré a Crimen y castigo en mi "lista de lectura".

Sonrió Mágicamente Ireth Sindanárië

Por cierto, con la imagen del dragón me refiero a la del fondo rosa. ¡Besos!

Sonrió Mágicamente Elizabetha Souvre

IRERTH
Te lo explicaré el viernes, es muy sencillo y queadria como el dragon con fondo rosa , solo que en tu caso solo se vería siempre el hada con un fondo blanco (para que le vamos a agregar mas cosas ^^)

avisame cuando vuelvas para explicartelo,puedo hacerlo paso a paso,incluso creo que puedo hacer unos pantallasos (screenshots) para decirte donde poner el widget con el hada ^^

=)

Regálame una Sonrisa Mágica Embellecen mi Mundo

Hola...deja una notita con confianza.¡No sabes cuanto me gustan!, gracias
Elizabetha =3

¡¡¡COMENTA MÁS RÁPIDO PINCHADO AAAQUIIII CON LA FORMA ANTIGUA DE BLOGEER ^^!!!

 
















Que tus pasos sean benditos, Viajero

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